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Blog de Rosario Pancorbo

sábado, 19 de septiembre de 2020

Lucía.




No dejo de ver tu sonrisa, cada día…

Cuando supe que te fuiste mi tiempo se detuvo, otra vez.

Dicen que suele pasar así: por un instante, lo que tienes entre manos en ese momento deja de tener cualquier sentido, y hasta la propia respiración se ausenta por segundos, segundos más dilatados de lo habitual. Agolpa tu mente ese último momento en que hablaste con ella, aquella vez en que viste su cara, y sentiste su risa. Todas esas imágenes, difusas, se posan en el recuerdo más inmediato. Quizá el lamento y la pena dormida de otras tempranas partidas, caigan de nuevo como losa en tu pecho, para recordarte lo efímero del término “vivir”. Para que imprimas de inmediato a tu existencia esa respiración consciente que nunca llega, otra vez… Quiero creer que respiro, pero últimamente me doy cuenta que subsisto entre suspiros contenidos, y una fugaz toma de aire por la boca me devuelve a la realidad del descuido.

Estos últimos tiempos están siendo difíciles para todos. La contienda y trastienda de la  clausura impuesta desarma el paradigma cotidiano, y ya, ni tan siquiera, despedirnos con afecto y al efecto podemos. Los ojos se han vuelto el espejo del alma, porque la cara a medias no dice nada. Con esos mismos ojos irresolutos hemos gritado, amado, trasmitido una sonrisa encubierta, nos hemos abrazado a un metro de separación, quizá dos... ¿Quién acierta la reclamada distancia? Un trayecto que mina el pensamiento y el sentimiento más íntimo. Un “pecado” exógeno que impone su código. Prestos tomamos un aliento que ni siquiera llega a los labios, todo queda mediado, pendiente, aplazado por tiempo indeterminado.

Te has marchado quebrando almas de por vida, más la tuya sin remedio. Pero no lo has hecho en silencio. Tu voz ha sido más diligente que cualquier otra voz, porque tu discurso era verdadero; tu tiempo… Tu tiempo que se expande como tu grandeza, doblemente empleado y consciente. Impregnas vida a nuestras pasajeras vidas, y dejas gran huella y amor, fuerza y talento, y a mi recuerdo diario legas una preciosa sonrisa, gracias. Y aunque esa manida frase diga que “el tiempo lo cura todo”, aquí quedarán corazones que vestirán calza y muleta lo que les reste, u otro artilugio para mermar esa quemazón, para adormecer, con ardides, esa ausencia repentina que descimienta, descalza y deseca existencia.

La necesaria llegada de una mañana tras otra deja al otro lado del tiempo, en las caras ocultas del silencio, el pesar que arrastra inevitablemente una noche sin duermevela, y ese corazón que queda al descubierto se va ajustando de esperanza, expectativa de un siempre, donde sé, nos encontraremos, lo creo firmemente, pues no es la primera vez que te fuiste, con distinto nombre, con distinta brisa, tú siempre me contestaste.

Envío este mensaje al viento, espero que te llegue.

No dejo de ver tu sonrisa, cada día, querida Lucía.

P.D. Por cierto, el otro día pedaleando en la Vía verde, vi al Amor de tu vida… Bueno, pero eso tú, ya lo sabes.



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