Él impregnó con su música mi alma
y surgieron de ella estas emociones, plasmando una leyenda soñada:
Susurras mis nostalgias que se
elevan y te buscan; al tiempo descienden en travesía enamorada y perdida. “Mi
sístole y diástole”, nunca fuiste tú.
Él lo sabe y también me lo
susurra. Mi corazón, triste y hallado, me habla de un amor bello en un día
claro, azul como su mirador. Mirador sangrante de pena contenida, búscame en el
infinito; allí me encontrarás. Vestidura blanca me ciñe en tu laureado sueño,
en tu imposible ascenso a mí.
Soy la brisa que te besa y pasa
brevemente por tu recuerdo enamorado, enamorado de tanta pasión concebida sin
mí. Siente mi marcha silenciosa. Aprecia el dolor del deseo airado por tenerte
en disfunción de tiempos, a contratiempos torpes que olvidan tu nombre y el
mío. Pero no temas, que nuevamente volverá otra brisa a plañir tu pasión. Mi
amor.
Eres a quien amé, al que amé
antes de contemplar y admirar. Vivías en mí y no sabía de ti. En distintas
épocas hemos soñado la misma entrega: una entrega de marfil pulcra, clara como
esas uvas versadas por Neruda para mí, como una melodía inventada hace tanto
tiempo.
Conjunción perfecta de arte,
ocaso soñado al alba también, en ese malva de mis sueños que tiembla en el
crepúsculo de dos vidas paralelas y tan soñadas que, de la fuerza y pasión de
no vivirse, se diluyen en distancia. Se apagan con el silencio dilatado de
recuerdos serenos de dos almas que quizá, ya no sucumben enamoradas.
Has tejido fantasías hilando
destellos de armonías musitadas. Me has coronado en tu corazón sin conocerme,
¡obviando tanto! Llegaste con un corazón desgastado, malgastado, inapropiado, inaceptable
para este, mi “precioso” corazón. Sucumbí a ti. Asciendo ahora y no me podrás vislumbrar.
Tanto amor sientes que, sin
pensar, abandonarías toda vida en ti. Sin rodeos mi amor tornasola; ahora puedo
marchar, y nunca me alcanzarás.
Te amé en el ascenso y en el
descenso; sí, en tu sístole y diástole resido en ti, y para siempre en aquella
que fui.
Para el enredador de notas: junto
a tu música amada se pudo leer la tinta de mi alma.
P.D. El tiempo,
siempre el tiempo. Da y quita razón, más quita que da; y da aquello que no
queremos llevar y llevamos aquello que no queremos quitar.
Este jeroglífico me lleva por el
camino de la determinación y me da razón para saber ahora -como diría el
profesor Atilio (Roberto Benigni en El tigre y la nieve) en su
clase de poesía, que tú fuiste: “un tranvía con retraso”.- Pero un tranvía con
una parada que ensalzó mi mirada. Gracias por las rosas: por su belleza, por su
dolor y por su enseñanza.

