(INTRAPERSONAL) Una obra de liberación y reconstrucción en tres actos.

RELIQUIA -Rosalía-
 


ACTO I: Eclipses y otros decorados.

Estas líneas nacen de una incuestionable resolución personal: arrancar de aquel otoño las hojas secas que aún quedaban prendidas. Su crujir no era música para mí. Me decidí, y arranqué yo misma todas las que el viento no pudo llevarse.

Durante estaciones enteras mi vida fue una vía abierta, un paso libre sin censuras donde regalé demasiadas licencias poéticas a quien no sabía leerme. Fue un tiempo casi impuesto por condena en el que ciertas presencias y sus estrategias —disfrazadas de cercanía— transitaron un espacio vital que no les correspondía.

Muchos fueron contrabandistas con permiso; otros, oportunistas de ideas ajenas. Los peores: esos irritables fiscalizadores de alegría que drenaban mi luz bajo el contraste de sus sombras. Todos, implacables con mi fragilidad.

Siempre creí en la profundidad de los vínculos, quizá por eso mismo no colecciono amistades, y al igual que Anaïs Nin: "Debo ser una sirena. No tengo miedo a las profundidades y sí un gran miedo a la vida superficial". Miedo a vidas atropelladas, carentes de tiempo y sobradas de excesos; las que caminan con los ojos vendados y los puños dispuestos, creyendo que el tiempo es eterno. Creen que viven, pero ignoran ese instante preciso y precioso donde la vida se manifiesta en lo pequeño.

Hoy, desde la serenidad de mi presente, entiendo que la verdadera justicia es la nitidez: ver las cosas como son y elegir dónde no habitar.

ACTO II: La polaridad de la paz.

Confieso que una vez hice mío un discurso absurdo. Me agarraba a una comparativa desacertada como a un clavo ardiendo, con tanta fuerza que casi pierdo mis huellas dactilares. Aquel día acallé mi voz por última vez. Preferí el silencio antes que admitir que la honestidad que me miraba desde el otro lado de la mesa se estaba derritiendo, como un helado bajo el sol.

Y es que, como dicen, las comparaciones son odiosas; sin embargo, yo respeto mi esencia de Diosa... sin la "o". Ya no me afecta ni me convence esa pieza suelta del engranaje tóxico que gira sin eje y al antojo del aire que más le conviene. La verdadera amistad te hace libre; la lealtad comprada te hace esclava de quien paga el beneficio. Pura lealtad y pleitesía de cartón piedra.

Escribo para sanar, para soltar y para seguir honrando mis horas; para despedir, desde la madurez, las subidas y bajadas que transité con esa fingida estrofa de azúcar amargo que no rimaba en la armonía de mi vida, y con aquellos capítulos vacíos de cualquier atisbo de belleza; capítulos de la misma estirpe, de la rama seca, que hoy ni tan siquiera ocupan la estantería del pasado.

Durante mucho tiempo invertí la polaridad porque su claridad dolía, pero mi cuerpo no miente. Hoy libero aquellos recuerdos que me mostraban iracunda; no era ira, era el dolor de no poder expresar lo que mi espíritu ya sabía. En aquel momento no supe transitarlo mejor. Aquí y ahora entiendo que mi malestar no era un fallo, sino el síntoma de una desconexión inevitable.

Que no se marche de mi pecho esa brújula intuitiva, cada vez más certera; este don de saber, sin saber cómo, que mi corazón está de vuelta en casa y que mi alma reposa. 

Acto III: El arte de ser Diosa.

Este papel no se atropella; permite que los sentimientos encuentren la pausa necesaria para decir exactamente lo que el alma necesita soltar. Con el ruido de fondo silenciado por mi intuición, me alejo no por necesidad, sino por convicción. Escribo para que estos sentimientos liberados queden grabados aquí, en mi zona de pulso y calma.

Mientras escribo, respiro consciente y avanzo despacio junto a aquellos que sí me conectan con mi reflejo más puro. No siento rencor ni tristeza, pero ahora que he recuperado el tacto, me inclino solo para acariciar mis nuevas raíces. Por pura botánica emocional, he descubierto que tengo reacciones alérgicas a la falsedad; ya no quiero ni puedo seguir sosteniendo decorados.

En este, mi tiempo sacrosanto, mi tiempo “Rosárico”, comprendo que mi mayor lealtad es conmigo misma.

Entre los muchos susurros de Mario Alonso Puig, destaco este: El cuerpo es el único que dice la verdad” y el mío, por fin, tiene mi plena atención. 


Rosario Pancorbo

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Gracias, sin embargo pienso que espectacular es tu reflejo. Gracias por tu tiempo, por saber leerme.

      Eliminar
  2. Bendito tiempo "Rosárico".Eres espectacular!!!!

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Premio Blogger Infinity Dreams

Respira